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Wales. Golf. Trolling.

In that order

Ves a Bale ante Austria coger carrerilla escorado a su derecha, perfilarse para golpear con la zurda, relamerse un colmillo goteante y afilar la navaja, avanzar con paso firme, chutar un balón que se ve absorbido por el oscuro y antiguo arte de la folha seca y que accede al paraíso por la misma escuadra; y no puedes más que pensar que ese galés es un verdadero troll optando quizá a ser el troll primigenio, por qué no, a ser el mayor troll de la historia, vaya, mientras se te queda cara de idiota al recordar a Modric jugando de 9 en un Madrid, 0; Barça, 4.

Su desempeño en el innoble arte del troleo está a la altura, quizá, de otros como el de Pablo Escobar fotografiándose con su hijo delante de la Casa Blanca mientras lo buscaba la DEA, del de los griegos dentro del caballo de madera que regalaron a Troya, o del de Forocoches votando ‘Blas de Lezo’ como nuevo nombre de un barco de la Armada británica. Puede que en ese ranking absurdo debamos colocar ya, en un nada despreciable sexto u octavo puesto, al capitán de Gales.

Nadie descubrirá a Bale ahora, pues de sobra hemos sido espectadores de sus fantásticas condiciones para el fútbol: una carrera incontenible, una potencia fuera de lo común y un golpeo extraordinario. El galés llegó al Madrid para convertir esas cualidades en historia del fútbol y, aunque su palmarés lo envidiaría cualquiera -cuatro Copas de Europa, dos Ligas, una Copa del Rey, tres Supercopas de España, otras tres de Europa y cuatro Mundiales de Clubes- es innegable que cualquiera que haya seguido su trayectoria y haya sentido cierta ilusión al creer estar ante uno de esos jugadores que de forma individual son capaces de marcar una época, también haya tenido la sensación de que el galés ha preferido abandonar el reto más apasionante de su vida -ser el mejor del mundo y serlo en el Bernabéu- por el disfrute de una vida privilegiada en la capital de España al amparo de un contrato poco flexible.

Puede que tan solo se trate de pereza, como dice Minutto93 en Instagram, y quienes nos mostramos abiertamente en contra del despertador como si se tratara del mismo Adolf Hitler invadiendo Polonia, debamos rendir pleitesía al gran futbolista Perezoso, con mayúsculas, claro, máximo exponente de los que estudiábamos la tarde de antes y sacábamos un seis con cuatro décimas más que digno con un esfuerzo apenas suficiente.

Pero la sospecha de que Gareth Bale en realidad sea un troll de manual, un ser con amplias capacidades para el troleo, como un campeón de ajedrez de siete años que mueve los peones con hartazgo en busca de celadas constantes, nos persigue a quienes le observamos con detenimiento. ¿Y si lo único que le mueve por dentro, que le hace levantarse por las mañanas, es hacer torcer el gesto a unos pocos, en este caso madridistas, mientras que cuando se viste de Gales, que no de gala, se convierte en ese futbolista formidable, incontenible, y vigoroso de asombroso e impredecible golpeo? ¿Ratifica y completa así su troleo a un madridismo que solo le ha visto en veinticinco partidos en los últimos casi tres años, encadenando suplencias, lesiones y otras desapariciones?

Sea como fuere, Bale tiene ahora, a solo unos meses de acabar su contrato, una oportunidad extra para redondear ese troleo al Madrid del que parece disfrutar tanto. ¿Se imaginan al galés supliendo una supuesta ausencia de otro extremo inconsistente? ¿Creen que Gareth sería capaz de tomar el puente aéreo hacia el Spotify Camp Nou para culminar esa sibilina venganza y ocupar el hueco de Ousmane Dembelé? ¿Acabaría por desesperar también a Xavi al mismo tiempo que lidera a su selección imponiendo su calidad y su poderío físico? ¿Seguiría, así pues, alardeando de su lista de prioridades: Wales. Golf. Trolling. In that order?

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