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Volver

Suena un tema de Rihanna por los altavoces del bar, oscuro pero levemente iluminado por unos focos translúcidos cuya luz combate por llegar al suelo contra una fina capa de humo procedente de los pitillos que fuman quienes bailan y beben.

Es esa bella época tras la Eurocopa de Portugal y próxima al Mundial de Alemania, quizá anterior, quizá posterior, cuando salir de bares todavía significaba volver oliendo a tabaco directo al cubo de la basura para tirar el jersey de rombos del año pasado que aún no tenía las suficientes bolas como para echarlo al contenedor de Cáritas de la calle de al lado.

Es esa bella época en la que éramos -más- jóvenes y todo era esponjoso.

A menudo recuerdo aquellas noches universitarias de jueves peligrosos, que comenzaban con unos enfrentamientos a cara de perro al Pro Evolution Soccer y acababan tras el cierre de los antros en los que nos movíamos después de alguna copa y mucha cerveza. Me resulta inevitable retornar a esos momentos, como inevitable es sentir añoranza. Tan inevitable como inútil.

Volver es la consecuencia ineludible de tratar de recuperar un recuerdo, un momento ya esfumado, en el que creímos ser felices. No siempre es una buena idea, pues dar media vuelta para retomar un camino antiguo suele llevarnos a la senda errónea, como volver con el ex que te hacía vibrar para bien y para mal o firmar por segunda vez un contrato con el mismo equipo: llegar como el salvador o como el hijo pródigo, para acabar dándote tremenda hostia contra el muro del fracaso anunciado.

El recuerdo es, por tanto, peligroso por falso y mentiroso. Lo que bien podría ser una rima de Residente es también una verdad a niveles de catedral: endulzamos la memoria como las madres que desean volver a tener hijos aun habiendo pasado una tortura en el primer parto. En fútbol pasa constantemente.

Le ocurrió a Zidane hace no mucho cuando, después de meter copas en la sala de trofeos del Bernabéu como Pablo Iglesias acumula tweets diciendo gilipolleces, decidió volver para salvar al madridismo del recuerdo de su primera huida. Y aunque ganó algún título más, nada fue lo mismo.

También le sucedió al Barça. Aunque ahora mismo habría millones de azulgranas en todo el mundo que entregarían con gusto a su primogénito a cambio del retorno de Messi al Camp Nou, la historia no ha sido benevolente con las segundas venidas. Le pasó a Van Gaal, por ejemplo, que regresó a casa a principios de los 2000 para tratar de combatir al Madrid de los Galácticos (con mayúscula reverencia) y, tras cargarse a Rivaldo, Abelardo y Sergi, fue destituido en enero.

A pesar de los antecedentes y del dicho conocido sobre las segundas partes y que nunca fueron buenas, en Can Barça decidieron jugarse un tiro en el pie a la carta más alta, y apareció Joan Laporta como si todo el mundo fuera capaz de ser Florentino Pérez. El ‘president’ largó a Messi a cambio de la supervivencia, lo que, bien mirado, parece sensato (¿o NO si el precio es mandar a París al mejor jugador del mundo?) y se quedó con Ronald Koeman, otro garante ejemplo de una nefasta segunda venida.

¡No fue suficiente! Después de despedir al entrenador holandés, Laporta abrió el archivo de la memoria para lanzar por los aires cualquier maleficio y de una tacada metió en el Camp Nou a Adama Traoré, a Dani Alves y a Xavi Hernández. Para compensar, además, se trajo a Aubameyang. Por disimular un poco, qué menos.

Apenas unos meses después, la palabra volver ha adquirido un nuevo término en la Ciudad Condal. La memoria ya no huele a cerrado como el despacho noventero de Van Gaal, ni el recuerdo tiene aroma a asado argentino, ni siquiera existen ya las reminiscencias sobre cierto técnico holandés que marcó un gol de falta hace muchos años a la Sampdoria.

Como los resultados son catalizadores y los goles desahogo, ahora en Barcelona todo es esponjoso, como en las discotecas de después de la Eurocopa de Portugal donde fuma, baila y bebe todo el mundo al son de Rihanna, donde por fin la memoria es un contragolpe de Adama Traoré y el recuerdo es una patada de Dani Alves.

He aquí, quizá, la clave del asunto: recordar y anclarse en el pasado es tan absurdo como el timeline de nuestro exvicepresidente, excepto si volver significa traer a casa un segundo bebé a pesar de un parto previo doloroso o, lo que es más importante, ganar títulos tras un periodo de sequía y de hambruna como hizo a medias Zidane en su retorno y a completas Florentino en la segunda venida. Y más pronto que tarde habrá que añadir otra excepción, pues volver al pasado no parece tan incoherente si es con Xavi Hernández a los mandos.

 

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