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Vi sus huellas en la nieve

El sargento Alayeto camina delante. Su abrigo roza el hielo y el bajo está empapado. Ahora la nieve acumulada en el suelo es menos densa y eso alivia sus pasos. Pequeñas gotas caen de sus ropas dejando en el camino diminutos cráteres que desaparecen cuando el cabo Veintemillas, tras él, avanza en busca del blocao donde el resto de la tropa se protege, a estas horas de la noche, más del frío que de los rusos.

Se encontraron de casualidad. Alayeto, patillas enormes curvadas hacia un bigote profuso y unos ojos azules a los que seguro esperan en las tabernas de su Zaragoza natal, apareció de repente con un farol en la mano izquierda y el fusil en la derecha, en el claro en el que el soldado Veintemillas se había sentado a esperar el final, exhausto y solo, temblando de frío y de miedo, mientras un viento helado que llegaba desde los Urales le anunciaba una muerte dura, cruel y lenta.

Muchacho, qué haces aquí, le dijo. Te vas a congelar, muévete, vámonos. Le ayudó a incorporarse y le palmeó las piernas con fuerza buscando que la sangre volviera a correr con agrado hacia los dedos de los pies. Veintemillas, al borde de la penumbra definitiva, tiritaba demasiado como para agradecer al cielo la milagrosa aparición del sargento de la División Azul allí, en medio de ninguna parte, tan lejos de casa.

Caminan ahora muy juntos, Alayeto delante, Veintemillas detrás, cargando una mochila llena de explosivos que tenía que transportar hacia una posición aliada cuando le sorprendió la ventisca. Lo hacen sobre medio metro de nieve y bajo una tormenta cruel que trata de matarlos antes que los comunistas. El sargento le ha dicho que el blocao no anda lejos, que es normal que se haya perdido y que tiene mucha suerte de haber sido encontrado. Cada pocos minutos le repite que la misión, muchacho, puede esperar a mañana. A pesar de que habría de sentirse esperanzado ante la posibilidad de sobrevivir, una punzada de temor por retornar con la tropa sin llegar antes al destino encomendado le perfora el estómago. El pellejo a veces es más importante que el deber, muchacho, le dice también. Sobre todo cuando puede cumplirse mañana.

A Veintemillas le atrapó la ventisca en medio de un páramo. Casi de improviso dejó de ver más allá de su nariz y la nieve y el hielo le golpearon la cara con fiereza. A ciegas trató de refugiarse y encontró una arboleda, en la que se perdió sin remedio. Las cerillas no prendían por más que ahuecara la mano y la desesperación comenzó a invadirle hasta que, cansado y casi congelado, una hora después, decidió parapetarse tras un peñón y esperar. Ahora, después de que Alayeto lo encontrase y aunque la tormenta continúa haciendo estragos, la esperanza de volver al amparo del blocao le empuja a seguir caminando. Saca la pierna del medio metro de nieve y la clava un poco más adelante mientras la de atrás hace lo mismo. Una y otra vez, en silencio. Así avanzan en una oscuridad blanca y gris, rodeados por un viento sordo que hiela las articulaciones, golpeados por la nieve y el hielo.

Al cabo de un rato atisban una mota amarilla, a lo lejos, que alumbra en tonos anaranjados lo que parece una construcción baja de madera. El blocao, muchacho, le dice Alayeto con una gran sonrisa. Verás otro amanecer, soldado, concluye mientras reanuda la marcha. Sin embargo, el esfuerzo ha sido tal que, cuando ya solo quedan los últimos metros, las fuerzas le fallan a Veintemillas, que aunque sigue lúcido, cae de rodillas sobre la nieve. Es entonces cuando pierde el juicio, la vista se nubla y se desmaya a los pies del sargento.

Pero el cabo tuvo suerte dos veces aquella noche, ya que el guardia que vigilaba la puerta del blocao en ese turno alcanzó a verlo aparecer, detenerse un momento y caer rendido. Confundido por si se trataba de una trampa, pensó en alertar al resto, que cenaba dentro. Sin embargo, decidió acercarse con el fusil cargado y un dedo acariciando el gatillo hasta que estuvo lo bastante cerca como para reconocer a Veintemillas. Ahora, tras dormir seis horas pegado al fuego, el soldado perdido despierta junto al resto. Le ofrecen café y lo acepta con agrado, apretando las manos contra la taza metálica para absorber un calor que le reconforta el cuerpo y le anima el alma.

Al cabo de unos minutos pregunta por su misión y le informan que cuando la ventisca paró, dos compañeros salieron con los explosivos hacia la posición aliada en la que los esperaban. Tuerce el gesto Veintemillas, algo herido en su orgullo, pero le tranquiliza el capitán con una mano en el hombro. No había visto una tormenta así en mi vida, soldado. Suerte que consiguieras encontrar el camino a casa, le dice. Menos mal que el sargento Alayeto me encontró, reconoce el otro mientras sorbe un trago de café negro que insufla vida a su estómago. Se hace el silencio en el blocao y solo se escucha el crepitar del fuego en la hoguera que les calienta. Los hombres se miran entre ellos, confundidos. Qué has dicho, Veintemillas, le pregunta el capitán. Alayeto, señor, responde. Me encontró en el bosque y me trajo hasta aquí. Hubiera muerto si no, reconoce. Soldado, Alayeto murió hace tres semanas, le cayó encima el proyectil de un mortero. De nuevo, nadie dice nada. La tropa trata de comprender las palabras de su compañero de armas. En tanto, Veintemillas baja la mirada y observa la taza de café, aún humeante. Pero yo vi gotear su abrigo raído, musita. Vi sus huellas en la nieve, dice, tratando de atajar la locura.

Relato escrito por Alberto Espinosa en noviembre de 2021.

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