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Un lunes de mierda

El primer partido de la pretemporada tiene algo en común con ponerse metas en la vida y tratar de alcanzarlas: no hay que tomárselo demasiado en serio. Sin embargo, estamos empeñados en lo uno y en lo otro. Hace unos días, Madrid y Barcelona jugaron ‘El Clásico’ -aún me sorprende cómo hemos aceptado esta denominación sin ajusticiar públicamente a nadie- en Las Vegas en un intento por demostrar a Estados Unidos que el verdadero fútbol se juega solo con los pies.

A la pretemporada se puede llegar de dos formas. No hay término medio: o llegas pesado, que es lo mismo que decir que te sobran cuatro kilos, o vuelves como un avión, casi tan rápido como te fuiste, casi tan desequilibrante, casi tan fino. Yo, al contrario que cuando sí jugaba al fútbol, he llegado a esta preparación veraniega con ganas, no tanto de partidos, sino del folclore que rodea a este bailón y tribal Real Madrid que, lejos de despojarse de la alegría del contragolpe, ha añadido un ápice más a esta locura que acabó con la decimocuarta Copa de Europa: fichar un centrocampista defensivo y un central.

¿Un central? Bueno. EL CENTRAL. Rüdiger me excita lo mismo que a un adolescente cualquier cosa. Me tiene enamorado como el joven Werther, a punto de pegarme dos tiros en el pecho si no me garantiza tres encontronazos por partido, cuatro carreras saltarinas hacia atrás y una, como mínimo, hacia delante como si huyera de sí mismo. Por eso rebusqué en RTVE Play ‘El Clásico’ en diferido y le di importancia a lo que nunca debió tener: su debut en el primer partido de pretemporada.

Hace unas semanas, durante al menos dos horas, mi gran ilusión vital fue llegar vivo al momento en el que Rüdiger, vestido de blanco, amagara con comerse a algún rival. Mi duelo con la muerte había finalizado con victoria: era el lunes más caluroso del año, anochecía fuera y mi corazón seguía latiendo para verle debutar. Pero una vez más, la vida me aleccionó: no hay que tomarse en serio el primer partido de la pretemporada.

En ocasiones nos sentimos decepcionados por las razones más absurdas. Me pasa mucho. Reconozco que me ocurrió cuando vi que Rüdiger no iba a comandar la zaga desde el centro, donde más difíciles e inverosímiles son sus arrancadas hacia la portería contraria y donde más riesgos conllevan sus entradas, en las que a menudo mueren de forma colateral dos o tres civiles. Al alemán lo colocaron en el lateral izquierdo y aun así debemos agradecerle su afán por divertirnos, como el payaso del circo, pues no se dejó nada en el tintero: metió la pierna, se sumó al ataque como si comandara a los Rohirrim y se enganchó con Araújo en el nuevo tráiler de King-Kong contra Godzilla. Pero nada borró el chasco del principio.

Es importante ser capaz de extraer lecciones hasta del asunto más nimio. Que un futbolista multimillonario juegue en una posición o en otra en una pachanga veraniega en Las Vegas no debe ser lo peor del día, muy por delante de madrugar para trabajar en el lunes más caluroso del lustro. O quizá esa no sea la conclusión. Seguramente lo que ocurre es que sigo siendo el mismo imbécil inmaduro e iluso que llegaba gordo a las pretemporadas.

 

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