Cine
Regreso a Río Bravo

Regreso a Río Bravo

En esos días de tedio y de desesperanza en los que vivimos inmersos, un detalle brillante y pequeño puede resolver la tarde, tanto como encontrarse de pura pava con un partido de fútbol mientras se hace zapping con una mano y se rasca los mismísimos con la otra.

En las librerías, como en las áreas de los equipos alegres, siempre pasan cosas. Aquel viernes del pandémico mes de enero de 2021, yo, como tantos otros, me encontraba perdido y asqueado, o como diría Bilbo Bolsón, como mantequilla sobre demasiado pan. Así que puse un pie en la calle, y luego otro, y luego otro, hasta que mis pasos me llevaron a uno de esos lugares reconfortantes en los que se huele a papel y a incienso y, además, se venden libros, DVD’s, CD’s y vinilos viejos.

Como había escuchado a Amón, Belmonte, Del Molino, León, Altares y Vázquez hablar de El hombre que mató a Liberty Valance en La Cultureta, andaba yo dando vueltas en busca del libro Indian Country, un compendio de cuentos de Dorothy M. Johnson entre los que se encuentran Un hombre llamado Caballo y El hombre que mató a Liberty Valance, que lógicamente dio origen a la maravillosa obra maestra del cine. La búsqueda no dio ese fruto, pero sí fue exitosa, pues mientras revisaba la sección de películas me topé con otro tesoro: una edición de Río Bravo aún precintada y con un pequeño libro con detalles del filme. De repente, ese viernes gris se había amarilleado, había polvo en el aire, rodaban setos secos, se oía el mugir del ganado y el clac, clac, clac de cascos de caballos a lo lejos, por encima de los motores de los coches y los demás ruidos infernales de la ciudad.

No recuerdo la primera vez que vi Río Bravo pues seguramente era yo demasiado pequeño para acordarme ni para marcar en rojo la fecha, pero sí sé que fue con mi padre, quien acabó por inculcarme un cierto magnetismo con todo lo que tiene que ver con espuelas, cinturones con pistolera, chalecos y pañuelos al cuello en polvorientos y pequeños pueblos fronterizos, a fuerza de ver los westerns que ofrecía la televisión. Me contó muchas veces, y aún hoy sigue haciéndolo, que cuando el sheriff Chance, Dude, Colorado y Stumpy cantan My rifle, my pony and me, y Cindy, Cindy, atrincherados en la cárcel, en las horas previas a un asalto que saben ineludible, quizá su última noche con vida, yo cantaba con ellos, o hacía como tal, y que incluso imitaba a Ricky Nelson tocar la guitarra.

No sé si comprendía del todo la situación entonces, y pasaron algunos años hasta que pude ver Río Bravo con ojos entrenados. Esa escena, que sigue siendo hoy en día mi favorita de cuantas hayan aparecido en una pantalla desde Salida de los obreros de la fábrica, supone para mí el culmen de valores que aprecio y con los que trato de identificar mi día a día: la lealtad y el deber. Los protagonistas están encerrados con Joe Burdette, un asesino cuyo hermano es prácticamente el dueño, por la fuerza, del pueblo conocido como Río Bravo. El sheriff Chance, esto es, Johan Wayne, lo encierra en el calabozo a la espera de que la diligencia pueda llevarlo a una cárcel federal, y mientras esta llega, ha de defenderse de un grupo de hombres que estaría dispuesto a despedazarlo con tal de recuperar la libertad de Burdette. Completamente solo, y como consecuencia de su amplio sentido del deber, John T. Chance se expone a una muerte casi segura. Un viejo cojo, Stumpy; un alcohólico, Dude; y un niño, Colorado; acaban por unirse a él mientras a su alrededor se congrega un destino de sangre y muerte.

Es precisamente ese sentido del deber y la lealtad que sienten los unos por los otros, quizá no tanto en lo personal, pero sí en lo profesional, lo que hace que aún hoy cada vez que la veo, me emocione de forma tan sincera. El sheriff podría lavarse las manos, abrir la puerta del calabozo, algo que cualquiera haría en su situación. Lo comprendería la pareja mexicana que regenta el hotel, también acabaría por hacerlo el propio viejo alguacil Stumpy, e incluso su enamorada Feathers (Angie Dickinson). Sin embargo, Chance (John Wayne) sabe que lo que tiene que hacer es mantener encerrado a su prisionero, un asesino, y esa es su obligación, por lo que el resto de interpretaciones sobra. Es por eso por lo que le respetan sus compañeros, sus vecinos y todos los espectadores que se han congregado frente a la pantalla desde su estreno.

Adelantada a su tiempo

Río Bravo sorprendió al cine de los años 50 porque fue un western muy moderno para la época. Frente a las películas de grandes paisajes, llanuras y montañas, la obra de Howard Hawks sucede casi en su totalidad en espacios cerrados, construidos de hecho un poco más pequeños para dar más protagonismo a los personajes y a un ya inmenso (físicamente incluso) John Wayne. Fue casi una obra de teatro contrapuesta a las películas magnánimas de otros genios como John Ford. Esa modernidad es la que hoy, más de sesenta años después, hace que aún podamos disfrutar de Río Bravo con los ojos emocionados y el corazón encogido.

Es, por todo eso y por mucho más, mi película favorita. Por eso, de vez en cuanto hago el camino de regreso a Río Bravo, solo con un rifle y un caballo, sin más peso en la mochila, para combatir junto a Chance, Stumpy, Dude y Colorado, para encerrarme con ellos mientras suena la canción del Degüello en nuestro honor, mientras fumamos y liamos los cigarrillos del tembloroso Dude, mientras sentimos miedo y orgullo por cumplir, juntos, con nuestro incomprendido sentido del deber.

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