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No fue un enero cualquiera

Nos hacemos viejos. La vida avanza como Fede Valverde en un contragolpe de Ancelotti: firme e incontenible. Hasta tal punto que ya comienzan a caer verdades que hace muy poco eran incuestionables.

Hoy me entristece pensar que ya nadie dirá jamás eso de que Edgar Davids es el mejor fichaje de invierno de la historia del Barcelona. La culpa la tiene un delantero con pinta de protagonista de un Final Fantasy venido a menos o de un Sonic en 3D al que el género de las plataformas se le ha quedado corto. Los libros recordarán a Aubameyang no como futbolista sino como la inversión idónea, como la criptomoneda del PSG días antes de que fichara a Messi o como esa subida de cien euritos al alquiler que seguro que el inquilino no va a notar, y si no le gusta que se busque un estudio o un piso con un baño compartido, o que duerma bajo un soportal.

Son planes perfectos, sin fisuras, que firmaría el mismísimo capitán John ‘Hannibal’ Smith con el puro entre los dientes poco antes de soltar su famosa frase, pero que hoy los rubrica con merecida altivez un Joan Laporta que se siente como fumando en pipa después de ganar en el Bernabéu por 0-4, algo que debe de ser como ganar un título importante pero no mucho, como una Copa del Rey, para cualquier equipo que no sea el Madrid.

Hay que reconocerle al president que acertó poniendo en marcha la ingeniería financiera para colocar al delantero al servicio de Xavi Hernández. Le salió bien la jugada y los números lo demuestran: en sus once primeros partidos, Aubameyang ha marcado nueve goles, habiéndolos celebrado en sendas ocasiones con piruetas que podrían recordar a Hugo Sánchez pero no lo hacen. Siete tantos fueron en liga y dos en Europa League: en todas las ocasiones el FC Barcelona acabó ganando el partido.

Suma, así las cosas, una racha de doce partidos consecutivos sin perder, de los cuales ha vencido en nueve. O lo que es lo mismo: Aubameyang no sabe aún lo que es caer derrotado vistiendo la camiseta azulgrana, empujando a gol los pases de Pedri y de Ferran Torres, y dando volteretas en el Camp Nou.

Es poco decir para el FC Barcelona en general, pero mucho para este en particular, que parecía abocado casi a pelear por no descender hace unos meses cuando la vida para el culé era una película cualquiera del catálogo de Filmin: intensa, dura, amarga. Entonces no había más esperanza que los chispazos de los niños que entretuvieron a la parroquia entre pitada y pitada a Koeman.

El mérito, por tanto, es enorme. Salir de una depresión no es cosa de cuatro semanas, no se supera de finales de enero a mediados de marzo así tan fácilmente, como si conseguir los niveles óptimos de serotonina, dopamina, noradrenalina, endorfina y cortisol fuera cuestión de pulsar un botón.

No lo es, así que la dificultad que entraña es enorme y tan solo parecen existir dos caminos posibles: o vas a terapia durante meses, quizá años, para desentrañar nudos y olvidar a Messi, o vacías la chequera para fichar al delantero óptimo en el mes que ya no es ni el frío enero ni el áspero enero ni el enero inservible, sino el cálido enero, el acogedor enero, el propicio enero, el mejor enero, en resumen, ese en el que llegó Aubameyang para echar a Edgar Davids de la historia y convertirse en el mejor fichaje invernal del Barcelona de cualquier mes de enero.

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