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Aquellas noches de geopolítica europea

A finales de los años 90 había madres en España que amenazaban a sus hijos con que vendría Shevchenko si no se dormían pronto, coño ya, niño, que son las once y media.

Sheva era un ucraniano al uso: rubio y espigado, de nariz redonda acabada en arco, bien parecido y capaz de asaltar una defensa por su lugar más recóndito, amparado por la oscuridad, sutil y silencioso como una rata. De repente estaba en medio del salón, o ya en la cocina, en definitiva, dentro del área, completamente solo y a punto de quitar el primer cero del marcador.

Vestía de blanco o azul según la ocasión, con su Dinamo de Kiev recorriendo Europa en un campeonato que comenzaba a ser cada vez más Champions League y menos Copa de Europa. Junto a Rebrov, Sheva sembró el terror en el Viejo Continente y España no fue la excepción. ¿Su especialidad? Marcar el primero.

Uno podía pensar entonces, hasta que apareció Shevchenko, que el Dinamo de Kiev era una perita en dulce, uno de esos equipos eslavos, bálticos o lejanamente soviéticos cuya única arma era apedrear el autobús rival cuando llegaba a su estadio o parar el partido por encender al mismo tiempo seis bengalas en la grada. Un empate en un césped helado, como mucho, y luego a ganar en casa, pensábamos aquí. Fácil.

Pero nada más lejos de la realidad y para muestra un par de botones. Noviembre de 1997 será para siempre de infausto recuerdo para la hinchada culé, que vio cómo un Dinamo de Kiev vestido de blanco, como no podía ser de otra forma, le metía un 0-4 en la fase de grupos de la Champions League. Aquella noche del día cinco del mes once, el cuadro ucraniano no hizo prisioneros y Shevchenko impuso su ley marcial: al descanso había marcado él solito los tres primeros tantos.

Como era lógico, este ucraniano con pinta de haber salido de un Final Fantasy llamó la atención de toda Europa y los cantos de sirena empezaron a sonar, en especial de un Real Madrid que le puso ojitos al ver que el blanco le sentaba tan bien cuando tocaba a la puerta del eterno enemigo.

No consiguió ficharlo, o no quiso ir de verdad a por él, y gracias a eso fue el Barça el que se frotó las manos al año siguiente. El Dinamo de Kiev quedó encuadrado con el Real Madrid en los cuartos de final de la Champions League 1998-99 y Sheva no tuvo piedad -¿por qué iba a tenerla?-. Acuchilló a un equipo que ya había vuelto a creerse rey de Europa después de meter la Séptima en su sala de trofeos. Ni Illgner, ni Panucci, ni Roberto Carlos, ni Hierro, ni Iván Campo, ni Sanchís pudieron parar ni en la ida ni en la vuelta al delantero ucraniano, que abrió el marcador en el Bernabéu, aunque luego igualó Mijatovic (1-1), y aplastó con otros dos goles al equipo de Toshack en la vuelta.

Como Sheva no era un personaje de Chirbes, siguieron pasándole cosas buenas. Al ucraniano lo llamó el Milán, pero el Milán bueno, el de principios de los 2000, no el Milán mediocre que vino después. Abandonó el blanco y el azul para pasarse al rossonero y dejó su frío -y aún impregnado de aromas soviéticos- país para aterrizar en un San Siro glamuroso que lo acogió como si su apellido acabara en ‘i’. Veintiséis millones de euros tuvieron la culpa de que debutara en agosto del 99 ante el Lecce y volviera a escribir su novela favorita, la que comenzaba con un gol suyo.

Más tarde vino la Copa Italia, la Serie A, la Supercopa local y la europea, y la joya de la corona, la Champions League del 2003.Y al año siguiente, como era de esperar, Shevchenko se llevó a casa el Balón de Oro. Y aún más tarde llegaron los millones de un magnate ruso, Roman Abramovich, para llevar al ucraniano a su Chelsea, donde acabó retirándose en 2009 después de que el físico dejara de acompañar a un talento infinito que atemorizó al Viejo Continente con su potente arrancada, su inteligente desmarque y su colmillo retorcido delante del portero rival.

Yo fui de esos niños que vieron emerger a Sheva y que asistieron impávidos y espantados a su capacidad para desmembrar con absoluta precisión e insultante juventud al Madrid y al Barça. Y aún hoy, más de veinte años después, me despierto por las noches entre terribles y húmedos sudores, tras haberme soñado en la piel de Manolo Sanchís o de Fernando Couto en alguna de esas citas europeas que tanto nos enseñaron de geopolítica y que tanto -ay- echamos de menos.

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