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Josep

Hay sucesos que se convierten en viga maestra de un imaginario colectivo. Me refiero a esos que unen a un grupo de personas en torno a la lágrima, a la sonrisa o al recuerdo. Irremediablemente, estas quedan enlazadas para siempre con preguntas de innumerables respuestas: dónde estabas cuando, qué estabas haciendo entonces, dónde te enteraste de.

Solo tienen ustedes que hacer memoria y tratar de recordar cuántas veces les han preguntado dónde estaban cuando se cayeron las Torres Gemelas, o qué estaban haciendo cuando se enteraron de que habían explotado varias bombas en el metro de Madrid. Pero no hace falta poner sobre la mesa únicamente asesinatos colectivos: nos ocurre en el día a día, a pequeña escala, en familias, grupos de amigos o de compañeros de trabajo. De repente, alguien deja de ser y de estar, de la noche a la mañana, y su entorno queda unido, mal que quiera, por la acción de su recuerdo. Las desgracias colectivas nos convierten a todos en pequeñas víctimas de la memoria.

Nos pasó a todos con Josep. Se murió sin hacer ruido el muy cabrón. De humilde que era se marchó sin decir esta boca es mía. Un viernes estaba y el lunes no. Le falló ese corazón gigante que tenía y en el que nos había acogido a tantos alumnos durante muchos años en la universidad, donde le conocimos y le quisimos. Porque era buen profesor, de esos que no solo te cuentan lo que pone en el libro, o en el manual, o en los apuntes que otro preparó antes que él. No, qué va. Josep era un maestro porque era capaz de inspirar, de hacernos mejores personas, más capaces y seguros ante un mundo tan incierto como hijo de puta, ese que acabó por pararle el corazón mientras subía una montaña con amigos.

Josep, aparte de lo profesional, fue un hombre bueno. Padre, marido, amigo, profesor, doctor, maestro, ejemplo. Fue muchas cosas y por encima de todas, un buen tipo. Creo que aún no me he cruzado con nadie que dijera una palabra mala sobre él y eso en esta España envidiosa nuestra resulta complicado. Seguramente, quien atesore un agravio sobre Josep sepa que debe guardarlo en lo más profundo de su pérfida alma, pues su interlocutor puede responderle con un salivazo preciso al ojo, un guantazo con el dorso de la mano o directamente con un merecido cabezazo a la nariz.

Era un tipo listo, además, el pobre Josep. Cuando el periodismo comenzaba a transformarse ante la aparición de lo digital, supo ver en el horizonte lo que se nos venía encima a los pobres universitarios que acabábamos de pisar la facultad. Nos lo contó y nos enseñó, nos ayudó, nos motivó a emprender. Nos dio perspectiva, en definitiva, que es lo que hacen los maestros. Y después fue consejero, porque nosotros éramos críos y a pesar de todo no sabíamos lo que teníamos entre las manos, ni siquiera a un metro de la nariz, así que cuando acudíamos con dudas y problemas trataba de ayudarnos con una idea, una propuesta, un sal de la zona de confort, arriésgate, eres joven. Aunque no supiera la respuesta, se sacaba de la manga una palabra de aliento para devolvernos al camino. Con esa sonrisa suya y esa claridad de ideas que tanto echamos de menos.

No pudimos despedirnos y eso quizá es lo que más nos pesa a todos. Gente como Josep se merece que la gente que le aprecia le homenajee en vida y no cuando falla el corazón. Por eso no puedo evitar sentirme culpable: no le dije nunca lo importante que había sido y lo mucho que contaba con él para el futuro. Se murió demasiado pronto y se merecía, si es que tenía que irse, hacerlo sabiendo lo que todos pensábamos y sentíamos por él, siendo llevado en volandas hasta la misma puerta de San Pedro por el sincero halago de los que le quisimos y los que, aún hoy, un año después, no somos capaces de decirle un adiós definitivo. Seguramente porque aún no nos lo podemos creer.

Hasta siempre, Josep.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Alejandro

    Descansa en paz. Es un gran privilegio haber sido alumno suyo.

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