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Un gol del Madrid ahora

En la infancia se producen conexiones tan poderosas que ni la adolescencia ni la adultez son capaces de revocar. Quizá las atenúen, las dispersen o las difuminen, pero en pocas ocasiones pueden borrarlas del todo.

Lo descubrí hace poco cuando marcó el Madrid un gol cualquiera, una tarde de domingo de otoño cualquiera, en un campo cualquiera, empujado a la red por un Vinicius cualquiera. Marcó y lo cantó Lama por la radio, como cualquiera de esos goles cualquiera, y fue como descorchar un vino caro delante de una chimenea: primero la leve satisfacción por haber liberado al genio dentro de la botella, y luego calidez, más espiritual que física, como si que el Madrid ganara no fuera tan importante como saber que seguía existiendo un vínculo con el niño que fui, un lazo que daba sentido a muchas cosas.

Mi padre cuenta que yo me hice del Madrid por Pedro, uno de los dueños del Bar de Pedro, un bar que no se llamaba Bar de Pedro pero que nosotros lo llamábamos el Bar de Pedro. Pedro, que en realidad regentaba el Bar Gran Vía de Cehegín, me hizo del Madrid casi a la fuerza y creo que no opuse mucha resistencia porque ser del Madrid significaba formar parte de algo más grande, un asidero al que agarrarse cuando todo zozobraba, una excusa para gritar, celebrar y hacer mejores los lunes en el colegio.

Por entonces, para muchos, ser del Madrid era lo mejor del mundo a pesar de que no todos los lunes fueran de sonrisas. Cierto es que en aquellos años 90 consiguió hitos gloriosos, como el gol de Mijatovic a la Juve en mayo del 98 que significó la Séptima, pero también clasificaciones mediocres como el sexto puesto del 96 o el cuarto del 94. Hubo muchos lunes de derrota en los que agachar la cabeza y decir que daba igual con la boca pequeña, aunque siete días después, cuando se ganaba en El Molinón, se volviese a las trincheras para pinchar a los del Barça si ese fin de semana el que había pinchado era el enemigo.

Ser un niño tiene eso: puedes comportarte como un hipócrita sin temer a quedar etiquetado de por vida. Pero cuando te haces mayor tienes que desterrar ese comportamiento. Nadie que reserve los domingos para ir al estadio o sentarse delante de la tele a ver a su equipo se escabulle de dar la cara los lunes si el día anterior se la han pintado a los suyos: entonces se saca pecho aunque se lo hundan.

Pero a la tierna edad de ocho o nueve años nadie lo exige y, qué demonios, vaya si lo aprovechamos. Qué sería de nosotros ahora si no hubiéramos podido salvar el culo cuando perdía nuestro equipo aunque por dentro rabiáramos, enrojecidos y avergonzados, deseando estar del lado de los que ganan. Era auténtico gen de supervivencia. Años más tarde hemos aprendido a evitar este comportamiento ruin, porque ahora sí, ahora ya tenemos edad para que nos etiqueten para siempre como un auténtico gilipollas. La lealtad verdadera a los colores se forja con la madurez.

Por suerte para el Madrid y también para el Barça, y por ende para millones de niños en toda España, lo normal era vencer. Se ganaba por lo civil o por lo criminal, a veces con decisiones arbitrales más que cuestionables, a veces por una calidad arrolladora, a veces por un simple lance del juego que hacía que la moneda cayera de su lado. Eran más los lunes de sonrisa que de esconder el rabo y eso también nos hacía felices de niños, pues además de poder sentirnos parte de algo más importante que nosotros, nos convertía en triunfadores ajenos y lejanos.

Si no, ¿cómo se entiende que un chaval de siete años salte como un descosido al oír por la radio que un croata de nombre Davor ha introducido un balón de cuero en una portería a muchos kilómetros de distancia?

No trataré de dar respuesta porque no la tengo. Tiene algo el deporte en general y el fútbol en particular que no es descriptible y que se pierde en los recovecos del razonamiento. Como tampoco puede entenderse que, ya de adulto, alguien que lleva años sin ver al Madrid sienta, de auténtico improviso, una punzada de satisfacción cuando Vinicius Jr. marca un gol cualquiera en un domingo cualquiera y en un campo cualquiera.

Quizá sea porque vencer nos hace sentir inmortales. Quizá por eso un gol del Madrid ahora siga significando algo.

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