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El racista de Tintín

El racista de Tintín

Sepa usted que, si en algún momento de su existencia ha valorado siquiera la opción lejana de acercar una cerilla a un libro, por malo o insustancial que este fuera, guárdese de hacérmelo saber pues, aunque le pondré buena cara tras torcer levemente el gesto -soy un tipo medianamente bien educado-, en mis entrañas le consideraré a partir de entonces como alguien banal y prescindible, fuera de todo aprecio.

Podría usted justificarse, seguro que sí. Hay libros que bien merecen el fuego, me dirá, por insustanciales, vacíos, malgasto de papel innecesario. Quizá mencione uno o dos títulos, o más bien uno o dos autores televisivos pues no recordará ni siquiera la portada más allá de la foto del famoso de turno, de esos que ponen su autógrafo en manuscritos insulsos tecleados por escritores noveles, desconocidos u ocultos. Productos fruto del marketing televisivo sin mayor trascendencia. Aun así, y aun dicho lo dicho y escrito lo escrito, ¿no habrá en toda España una o dos o quince personas que se acerquen a la maravilla de la palabra escrita gracias a que la firma de Belén Esteban aparece en el lomo?

También encontrará justificación, como lo ha hecho el Conseil Scholaire Catholique Providence en Canadá, si atiende a criterios de desactualización y fomento de los clichés. Es que este libro, o este cómic, dice que los indígenas norteamericanos eran siempre los malos, puede pensar. Se trata, no obstante, de un argumento desnortado que comparten con usted en Ontario y que ha provocado que esta junta escolar haya tirado a la hoguera entre 4.000 y 5.000 ejemplares de Tintín, Lucky Luke y Astérix y Obélix por perpetuar “los estereotipos contra el pueblo indígena”.

Es descorazonador que hoy, en pleno siglo XXI, siga habiendo quemadores de libros que consideran que cualquier historia que no cuente la película exactamente como ellos creen que debe ser narrada, merece acabar siendo pasto de las llamas, desapareciendo así de la faz de la tierra. Creen evitar así que niños y jóvenes se acerquen a la historia y conozcan cómo fuimos para entender cómo somos ahora, para tener a mano los recursos de cultura y conocimiento adecuados para juzgar el entorno social de forma justa y honesta.

¡Pero ni siquiera Tíntin, Lucky Luke y Astérix y Obélix deben considerarse como obras históricas! Aunque se desarrollen en épocas pretéritas, tenerlas en cuenta como manuales de aprendizaje es tan absurdo como creer que hace una pila de años, un hobbit lanzó al fuego un anillo de oro o que alguien vino del futuro para escribir Dune y avisarnos de lo que viene. La ficción, amigo, es ficción. Los cómics reducidos a ceniza en Canadá son solo aproximaciones históricas y su único objetivo es entretener y fomentar la lectura.

¿Puede haber en ellos contenidos poco recomendables, ideas antiguas y trasnochadas? Sin duda alguna, le respondo. Como cualquier otro libro, película e incluso canción de hace más de diez años. ¿Ha visto usted algún western últimamente que date de, más o menos, 1950 o 1960? Le recomiendo que lo haga y que descubra no solo cómo se dibuja a los indígenas norteamericanos (indios crueles, vengativos y asesinos, en su mayoría), sino también a los personajes femeninos. Aun existiendo contadas y notables excepciones, la mujer se reduce a un plano muy secundario, dependiente y protagonista de escenas que hoy nos sonrojan. Pero así era el cine entonces, quizá también la sociedad. ¿Debemos dejar de verlas entonces, de conocernos, de obtener recursos del pasado para construir un mejor presente y un futuro prometedor?

Juraría que mi argumentación ha quedado clara. Pero aún falta una pregunta y sé que está a punto de brotarle de los labios. ¿Qué pasa con los libros que fomentan el odio contra otros colectivos? Sí, sé que está usted pensando en uno concretamente que es la piedra angular de su cuestión: el Mein Kampf, de Adolf Hitler. Mi respuesta es sencilla y va ligada al párrafo anterior, pues, aunque fuera la obra germinal del partido nazi, con sus terribles consecuencias tras el ascenso al poder en Alemania, ¿su mera existencia no le parece una buena oportunidad para aprender de los errores del pasado?

Quien piense que hacer desaparecer las referencias culturales de los sonrojos pretéritos va a provocar que se esfumen los estereotipos, las ideologías extremas, el racismo o el machismo, va listo. Pero por desgracia, los quemadores de libros seguirán existiendo y el rumor de los tiros me hace pensar que estas hogueras, más propias del siglo XV que del XXI, se producirán con mayor frecuencia en los próximos años. Protejan sus bibliotecas, cualquiera puede ser la siguiente.

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