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Cosas que el dinero no puede comprar

Algún domingo nos levantaremos de la siesta y ya no estará Benzema. Se habrá esfumado como la puñalada inglesa en el costado argentino después de aparecerse la Mano de Dios en el Estadio Azteca. Despertaremos aún somnolientos y en plena digestión de la paella, pensando en el café y en dónde demonios estará el mando de la televisión, o el iPad, o el puñetero móvil, para ver el partido de un Madrid que ya no será este Madrid.

Un antiguo compañero, periodista y culé, no necesariamente por ese orden, me afirmó sin enrojecerse en el verano de 2009 que el mejor fichaje del Madrid en aquel mercado era Benzema, y no Kaká, Balón de Oro en 2007, ni Cristiano Ronaldo, que lo fue en 2008. Por entonces el francés solo era un prometedor delantero que había hecho dos buenos años en Lyon. Nadie tomó en serio aquella bravuconada, sobre todo porque suponíamos que el portugués iba camino de la inmortalidad. Pero también entendimos una idea que no iba del todo desnortada: Benzema era una carta en la manga del futuro.

Más de una década después, es el tercer máximo goleador de la historia blanca, solo superado por CR7 y por Raúl. El 9, que aunque lleva el 9 bien podría ser el 10, lidera al Real Madrid como quien dirige un grupo de salteadores de caminos agazapados en las sombras y que solo salen a robar y a correr.

Pensábamos que así le valdría al Madrid de Ancelotti solo para ganar una Liga descafeinada sin una figura de primer orden mundial -de ese escalón en el que solo estaban Cristiano Ronaldo y Messi-, contra un Barça al que mira muy de lejos, un Atleti con dudas y un Sevilla aprovechado que va a tocarle el claxon cuando el líder se quede mirando el móvil con el semáforo en verde.

También barruntábamos que a este Madrid no le daba más que para eso, pues en la Champions League tendría que entrar en batalla con ejércitos dorados como PSG, Manchester City o Bayern München, por no nombrar también al Chelsea, a la Juventus o al Liverpool. No, creíamos, no contra ellos.

Pero olvidamos que el Madrid es todo épica. Y aunque el Paris Saint Germain de Messi, de Neymar y de Mbappé, sobre todo de Mbappé, tuviera todo a favor, hay cosas que el dinero no puede comprar, y una de ellas es ser especialista en ejercicios de contrición y de fe, algo de lo que sí merece la pena sacar pecho en el perfil de Linkedin y no de ser ‘especialista en Google Ads’ o ‘especialista en growth hacking’ o ‘especialista en ser antimadridista’.

Entre las cosas que el dinero no puede comprar están los dinosaurios, los amigos verdaderos, la paz interior y el gen de la remontada. Esto es algo que tienes o no tienes, con lo que naces premiado o señalado como mediocre por una deidad oculta y que solo se aparece en extrañas noches de Champions.

La de este miércoles fue una de ellas. Con todo perdido y con un Mbappé que parecía Carl Lewis en 1991, ante el que Carvajal y compañía tuvieron que sentir la tentación de pararse a aplaudir, surgió una de esas cosas que no se pueden comprar y que el Bernabéu restregó por la cara de Al Khelaifi mientras cantaba somos reyes de Europa, es decir, el espíritu, el alma, el valor de la insistencia, la sustancia etérea de la persistencia y la esencia misma del fuego que sintieron Di Stéfano, Raúl, Gento, Hierro, Butragueño y Jabois cuando compuso el himno.

En fin, que ser capaz de meterle tres trompazos a este PSG a base de robar y correr, a base de presionar y a base de fe, está solo al alcance de unos pocos. Es una de esas cosas que no se pueden comprar y que debemos atesorar, como los domingos después de la siesta, cuando tomamos el café y ponemos la tele, el móvil o el iPad para ver el partido y en el rótulo figura, aún, el nombre Karim Benzema al lado de un número, el 9 del Madrid.

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