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¿Y si el cabezazo de Zidane hubiera pasado hoy?

Hay días en los que después de mirar Twitter durante un rato, respiro aliviado porque el cabezazo de Zidane a Materazzi fuera en 2006 y no ahora. Siendo la misma agresión, la misma reacción paleolítica y sincera ante un insulto a un ser querido que no estaba allí para defenderse, hoy en día habría arrojado al sumidero de Internet toneladas de código que, traducidas al castellano, probablemente habrían acabado por ensuciar aún más la figura de uno de los mejores futbolistas que dio el final del siglo XX y el principio del XXI.

No seré yo quien justifique a Zizou, primero porque hundir el esternón de un central italiano en la final del Mundial no parece la mejor forma de arreglar una disputa, y segundo porque yo no soy nadie, ni tú tampoco, lector, para justificar o condenar la acción de un tipo al que conocemos más bien poco fuera del césped. Con tan escasa información, ¿de verdad nos creemos capaces de dar una opinión completamente definitiva cuando, sin doscientas cámaras delante, llevamos a cabo acciones que también merecen reprobación?

No por ello no debemos sentarnos frente a nuestros hijos, primos, hermanos o sobrinos pequeños para explicarles que Zidane obró mal y que cuando un central italiano mente a la madre, a la pareja, a la hermana o a la abuela, el mejor desprecio es tirarle un caño en la siguiente jugada mientras le miras a los ojos y le sonríes con elegancia. Pero más allá de eso, de usar los errores propios y ajenos para enseñar a los jóvenes a no imitar ciertos comportamientos, ¿qué tuitero y qué opinador de bar puede sentirse superior y gritar a los cuatro vientos, con la cerveza en la mano, que Zidane es un cavernícola violento, seguramente garante del viejo machismo, por equivocarse al creer que así defendía el honor de su hermana?

Aún barrunto el escenario postapocalíptico que habría sido Twitter si Zidane cabecea el pecho de Materazzi en 2022. En seguida, apenas quince segundos después de que hubiera visto la merecida roja y la FIFA se preguntara si le imponía ocho o diez partidos de sanción, todo tuitero de bien habría tenido que elegir un bando: en contra, por supuesto, pues la violencia no es tolerable; a favor, claro, pues no se puede permitir que falten al respeto a un ser querido. Y menos en la final del Mundial, añadirían algunos.

Sería obligatorio apostarse a un lado o a otro de la batalla, en cualquiera de las dos trincheras, para que los bandos estuvieran diferenciados en cuanto se escuchase un disparo y el primer mortero silbara hacia el cielo. Entonces, ambas jaurías podrían despellejarse a gusto, debatir con violencia verbal e insultarse a placer, mientras Zidane, seguramente ya arrepentido medio minuto después, abandonaba el terreno de juego con una mancha en su carrera que jamás iba a borrarse.

Pasó algo parecido en la gala de los Oscar. A Will Smith se le cruzó el cable cuando Chris Rock bromeó con la enfermedad y la calvicie de su esposa, entonces se levantó y le abofeteó para volver a su asiento y gritarle que mantuviera el nombre de su mujer, Jada Pinkett, fuera de “su puta boca”. El anteriormente conocido como Bel-Air Fresh Prince se equivocó. Lo sabe él, lo sabe ella y lo sabemos todos.

A partir de ahí, ¿qué sabemos los demás para debatir si esa acción desproporcionada fue en realidad un gesto machista, un acceso de locura o un simple cable cruzado? ¿Alguno de los opinadores conoce personalmente a Will Smith, a Jada Pinkett o a Chris Rock? ¿Quién maneja información cercana y fidedigna de cualquiera de ellos?

Voy más allá: ¿serías capaz tú, lector o lectora, de morderte la lengua en todas y cada una de las situaciones en las que alguien bromease sobre tu pareja, tu padre, tu hija o tu hermano? ¿Pondrías la mano en el fuego por tu reacción si un desconocido hace un chiste sobre tu hijo enfermo, tu marido con cáncer, o tu hermana que sufre depresión y ha tratado de suicidarse?

Antes de cancelar a Will Smith, a Zidane, o a cualquiera que meta la pata una vez, aunque sea profundamente, como son ambos casos, invito a reflexionar. ¿Qué sentido tiene ponernos la capa de guardianes de la moral y la honestidad sociales si el sábado vamos al campo a insultar al árbitro de un partido de alevines; el domingo imitamos a un mono delante de un jugador africano; y el lunes mandamos a fregar a una conductora que no nos ha cedido el paso?

Antes de criticar y juzgar una acción ajena, por violenta o absurda que sea, y de obtener conclusiones precipitadas y poco meditadas para poder situarnos a favor o en contra, en el blanco o en el negro, lo más rápido posible en la batalla tuitera, quizá sea buena idea hacer introspección, tratar de comprender los porqués y situarnos en los zapatos del prójimo.

Ante tantas opiniones y respuestas desenfundadas como revólveres en el Far West, a algunos solo nos queda seguir haciéndonos preguntas.

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