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Amapolas para Elma

Me encuentro de nuevo frente al metro cuadrado de piedra bajo el que ella está enterrada desde hace veintidós años. La tumba sigue como la última vez, tan solo ha crecido algo más de maleza a su alrededor, una esquina está desconchada y una mancha parda se ha quedado encima tras evaporarse un pequeño charco de agua tras las lluvias de los últimos días. Aunque no hace falta el paraguas, el cielo de Sarajevo amenaza con dejar caer agua con virulencia. Ajeno a las oscuras nubes sobre mi cabeza, descubro que el abatimiento que siento ante la tumba de Elma es el de siempre, pero ligeramente más seco y más conforme que el de la visita anterior, quizá ya precipitándose por el camino hacia el olvido o hacia el amargor de las últimas veces. Eso me entristece. Me acosa la culpa creyendo que ella, desde algún remoto lugar en un plano o realidad diferente a la mía, pueda reprocharme mi abandono. Otro más. Así que, de nuevo, como en 1993, juro ante su sepulcro que volveré, para tranquilidad de la niña que vive en mi recuerdo y, sobre todo, para la mía.

Aquella noche, veintidós años atrás, también estábamos todos en Sarajevo pendientes del cielo oscuro. Pero no por la lluvia, ni por las nubes, ni por los rayos, sino por los aviones yugoslavos que sobrevolaban el espacio aéreo en busca de puntitos de luz que les descubrieran la posición de la ciudad y así poder soltar sus bombas. Aunque no era tarea sencilla situarse en medio de la negra inmensidad, algún piloto era lo suficientemente avezado en su tarea y conocedor de la geografía bosnia como para dejar caer alguna sobre la población civil. Una de ellas fue la que escuché silbar, ya muy cerca del suelo, justo antes de impactar contra algo que dejó de existir al instante. Sentí el impulso de recorrer las calles en la más absoluta oscuridad en busca del desastre, pero ni llevaba la cámara encima, ni sabía hacia dónde debía poner rumbo. Así que descarté la idea y seguí caminando hacia mi hotel, como si la vida continuara siendo vida en aquella Sarajevo, con las manos en los bolsillos y la cabeza agachada, deseando que ningún trasto fabricado con metal y pólvora me redujera a una mancha en el suelo.

Dormí poco y desperté aún a oscuras. Me costaba conciliar el sueño en aquella época, como a tantos otros. Con la primera luz del día apuré un café en la recepción del hotel donde nos hacinábamos decenas de periodistas de multitud de países tratando de organizar las rutas del día y con la cámara al hombro salí a la calle. Escombros y silencio me recibieron, junto a un viento helado que ayudaba poco a los vecinos de Sarajevo que sobrevivían sin luz ni calefacción desde hacía mucho tiempo, encerrados en sótanos, ocultos salvo en los breves momentos en los que se jugaban la vida para conseguir algo que comer.

Fui a un edificio que conocía. Sorprendentemente, aún mantenía erguidas sus cuatro plantas al lado de solares y casas derrumbadas, y me pareció un buen lugar desde el que observar el paisaje y buscar dónde cayó la bomba la noche anterior. Como acababa de amanecer, todos los corresponsales extranjeros que poblábamos los hoteles que aún quedaban en pie habíamos salido a la calle en busca de la foto con la que al día siguiente abriríamos nuestros periódicos, mostrando al mundo un horror sordo al que, desgraciadamente, Europa no hacía mucho caso. Llegar el primero al lugar de la catástrofe era el objetivo de todos, por lo que, al descubrir una columna de humo al este de la ciudad, ascendiendo al cielo y señalando en el mapa un lugar marcado con sangre, sentí el entusiasmo típico, renovador e incongruente, del reportero de guerra que tiene ante sí una primicia mientras, a su alrededor, arde el infierno sobre cadáveres de hombres valientes.

Bajé las escaleras del edificio casi de dos en dos, pero con cuidado de no golpear contra las paredes mi Pentax LX de los 80 que, si bien comenzaba a sufrir ciertos achaques, me resultaba cómoda y, sobre todo, efectiva. Calculaba, mientras tanto, distancias y recorridos posibles para llegar lo antes posible a aquella zona de la ciudad. Tan absorto en las líneas y trazados estaba que no me di cuenta de que había salido a la calle sin tomar precauciones, como si en vez de en la Sarajevo destruida por la guerra me encontrara en cualquier barrio de cualquier otra ciudad de cualquier otro país europeo. Sin embargo, en vez de recibir un balazo, tuve un golpe de suerte.

Sé que jamás lo habría conseguido sin ella. Al pisar la calzada escuché un rumor a mi derecha, un motor lejano que se acercaba con cierto petardeo. Olvidé por un instante el mapa en mi cabeza al verla llegar sobre una Bultaco blanca pero sucia, en pantalones vaqueros y cazadora marrón, sin casco, pelo negro y levemente ensortijado, y una mochila a la espalda. Me lancé a la carretera, casi movido por unas manos invisibles, sin ser consciente de quién tomaba la decisión, si yo o alguien por mí, y con los brazos alzados y moviéndolos de derecha a izquierda le hice saber que necesitaba decirle algo. Circulaba con lentitud por lo que no hubo riesgo de atropello, e incluso a mí me dio tiempo de descubrir en su expresión, primero cierto estupor, quizá incluso sobresalto o miedo, y luego algo de curiosidad al bajar la mirada y descubrir colgando de mi hombro la cámara de fotos. Supo entonces que era reportero y que estaba allí, en la vorágine del infierno, cumpliendo con el deber de mi trabajo. Se detuvo y me habló. Dónde vas, dijo, a lo que yo chapurreé cuatro cosas en su idioma que le hicieron entender que buscaba el lugar en el que cayó la bomba esa noche. Me analizó durante tres segundos, mirándome fijamente con sus ojos verdes, y me hizo entonces un gesto con la cabeza señalando un lugar a la espalda. Monta, me indicó en bosnio.

Recorrimos calles entre montones de piedras apilados a ambos lados de la calzada, donde algunos niños jugaban, coches herrumbrosos y ya oxidados en la intemperie, y mujeres hundidas caminando hacia donde se rumoreaba que podrían conseguir algo con lo que alimentar a los hijos y a los nietos. Esquivábamos las grandes avenidas, donde los francotiradores podían usarnos como método de entrenamiento. Ella sabía lo que se hacía y comprendí que ya había hecho ese camino muchas veces. En ese horror apagado y gris, se movía bien. Quizá abastecía a soldados, o a resistentes, tal vez alimentaba a familias que lo habían perdido todo o les llevaba medicamentos.

Ni se lo pregunté, ni me lo dijo. En apenas quince minutos se detuvo y me regaló mi primicia. Ante nosotros se descubría una calle de edificios desnudos, fachadas hechas añicos en el suelo, esqueletos de hormigón y un gran socavón en el centro, humeante y con pequeños incendios en el suelo donde hacía unas horas se levantaba la otra mitad de una casa grande y familiar. Alrededor, vecinos y tipos con uniformes militares removían escombros, por lo que buscaban supervivientes aún. Bajé de la moto, ella se despidió inclinando la cabeza, dio la vuelta y se marchó. Yo la miré mientras se iba durante seis segundos exactos, en los que me pregunté cuántas veces esos ojos verdes habrían visto la misma estampa de hoy para no inmutarse, ni soltar una blasfemia en voz baja, ni lanzarse a apartar piedras en busca de algo vivo. Así que, yéndose ella y quedándome yo, inmortalicé su recuerdo. Su espalda, su moto y su pelo oscuro y ensortijado al viento fueron lo primero que fotografié aquella mañana.

Hubo un lamento en bosnio a mi espalda, un desgarrado alarido de furia y tristeza, y de forma instintiva me llevé la Pentax al ojo derecho, con el izquierdo guiñado, para buscar a mi presa. Descubrí tan solo a una vieja gritándole al cielo, vestida toda de negro y con un pañuelo cubriéndole el pelo. Nadie la miraba, solo yo. Tiré la segunda foto de la mañana.
Era el primer reportero en llegar. Me acerqué lentamente al lugar donde había impactado la bomba buscando a otros compañeros, alguna televisión, otra cámara, pero no hallé a nadie. Volví a sentir cierta excitación profesional y un hormigueo en los dedos. Miré en derredor y encontré un lugar adecuado para conseguir la foto con la que abriría el periódico al día siguiente. Allí calculé la exposición, situé el diafragma en el punto correcto, reduje la velocidad de obturación para dar sensación de movimiento sobre la quietud de los escombros, en una suerte de metáfora sobre la vida y la muerte, y añadí más ISO, solo un poco, lo suficiente para reforzar la inmadura luz del día.

Satisfecho, retiré la cámara de la cara. La tercera foto de la mañana justificaba el trabajo de semanas jugándome la vida entre balas, trincheras y bombas. Iba a marcharme, juro que iba a hacerlo. No tenía más que hacer allí: solo era un reportero de guerra que contaba historias con sus fotos y sus crónicas, yo no iba a salvar a los vecinos de Sarajevo del horror y la miseria. Ni yo ni ningún compañero podíamos sentirnos culpables por ello. Al menos es lo que nos repetíamos -y en mi caso aún lo hago- cada noche al quedarnos a oscuras, solos y en silencio. Pero algo llamó mi atención tras la mole de escombros. Los jirones de humo desvelaban, algo más allá, una habitación infantil, tonos rosas, una cuna. El esqueleto de la casa, o al menos la parte que aún quedaba en pie, mostraba con toda crudeza las vergüenzas de quienes aún sostenían razones para continuar con la guerra.

Me acerqué a quienes revolvían piedras. Observé sus manos ensangrentadas y sucias. La vieja seguía lamentándose con viveza, clamando al cielo en ocasiones, en un bosnio cerrado. Le pregunté a un vecino, un tipo flaco y pálido con la cara manchada de tizne, con andrajos de cabello bayo cayendo sobre la frente. Me explicó, mientras trataba de levantar una piedra de tamaño considerable, que en la casa vivían dos hermanas que cuidaban de la hija de una tercera, quien había muerto en otro bombardeo hacía un par de semanas. El padre de la criatura ya hacía meses que había desaparecido en el frente. Me contó también que una de las mujeres había muerto y que buscaban a la otra entre los escombros. Y la niña, pregunté. Respiraba, hospital, respondió.

Elma tenía en ese momento treinta y dos días de vida. Nació huérfana de padre y su pobre madre le duró apenas quince jornadas de disparos y bombardeos. En una de ellas cayó muerta y se quedó con sus tías hasta que otro proyectil derribó la mitad de la casa, acabando con una de ellas y ocultando bajo piedras a la otra, a la que, por cierto, me enteré que encontraron días después con la cabeza destrozada.

Aunque la bebé sufrió heridas, rasguños y alguna fractura, seguía viva. La encontré cubierta de vendajes en el hospital algo más tarde, a donde fui en su búsqueda, impulsado por un sentimiento de aguda congoja al conocer su historia. Se había quedado sola en apenas quince días y, milagrosamente, se aferraba a la vida a pesar de que esta la golpeaba con una fiereza inmisericorde y vengativa.

Elma era una bebé escuálida, muy delgada, que dormía apacible en una cama demasiado grande para su tamaño. En el hospital le habían cambiado la ropa, blanca y limpia. Llevaba una especie de escayola en una pierna y vendas en la cara y en los bracitos, que descansaban palmas arriba. A pesar de todo, parecía sana y respiraba de forma acompasada y tranquila, ajena al horror que había vivido en sus treinta y dos días de vida.

Había ido hasta allí sobrecogido por la tragedia, empujado no sabía muy bien por qué. Sentí el impulso de fotografiarla, de usar su horror como resorte, como removedor de conciencias. A nuestro alrededor había mucho trasiego. A Elma, hospitalizada en un pasillo, la separaban del resto de heridos solo dos biombos y, a pesar de todo, sentía cierta intimidad. Acaricié la cámara y puse el dedo índice de la mano derecha sobre el disparador, la izquierda sobre el cuerpo, mimando el objetivo y moviéndolo lentamente, calculando, más que disposiciones técnicas de mi Pentax y de la luz intermitente que iluminaba el corredor, las razones morales que me llevaban a estar allí y a robarle su desamparo a Elma para mostrarlo al mundo.

Al cabo de un minuto de contienda interna, una sombra apareció detrás de mí y distrajo mi atención de la bebé. De nuevo, unos ojos verdes que reconocí al instante me contemplaron desde el abismo y descubrí a mi lado a la motorista de la Bultaco, ahora con bata blanca, el pelo recogido y una expresión confusa reinada por un ceño levemente fruncido. Miró a la cámara y después a Elma. No dijo nada, no hizo falta. Solo se quedó conmigo un momento, ambos junto a la niña, mirando su tierno respirar tratando de sobreponerse a sus heridas. La cámara volvió a caer inerte de mi hombro y aquella foto solo se grabó en mi cabeza.

Intuí que los médicos creían que Elma iba a sobrevivir porque en las dos horas siguientes pasaron por allí varios de ellos a comprobar su estado. A los moribundos, en una guerra como aquella, se les dejaba apagarse en paz, en parte por respeto, en parte por falta de recursos. Vi cómo un doctor mayor de aspecto cansado usaba con mucho cuidado un otoscopio negro para mirar sus oídos, tratando de comprobar si escucharía algo el resto de su vida o si Elma se había quedado sorda en la explosión. Luego, chasqueó los dedos varias veces cerca de su cabeza, a lo que no hubo respuesta, ni una mueca. Me miró, resignado, con los labios apretados, y se marchó.

Fue el único que torció el gesto al examinarla pues quienes por allí pasaron concluyeron que su estado era lo suficientemente bueno como para cumplir treinta y tres días de vida, y luego treinta y cuatro, treinta y cinco, y así hasta que otra bomba, o asalto, o quién sabe qué, acabara matándola. Me felicitaban al marcharse, qué suerte ha tenido, podrá seguir viéndola crecer, etcétera, como si yo fuera su padre, su tío, su primo o tan solo alguien que la cuidaba porque era el único que quedaba para hacerlo.

Permanecí todo el día en el hospital. La mayor parte del tiempo junto a Elma, acompañándola al lado de su cama, aunque a veces daba vueltas por los pasillos para estirar las piernas y pensar en qué estaba haciendo, por qué seguía allí y por qué no me marchaba ya. La bebé no tenía nada que ver conmigo, no podía curarla ni acelerar su recuperación y tampoco iba a ser yo quien la sacara en brazos por la puerta cuando superase sus fracturas y heridas. Sin embargo, allí me quedé, creyendo que mi presencia al lado de su cama podía servirle de consuelo a una niña que acababa de quedarse completamente sola en medio de una guerra que cada vez significaba menos para todo el mundo.

A pesar de los buenos diagnósticos, Elma murió esa noche. Dejó de respirar mientras dormía, en un irse suave y calmado. Me lo contó por la mañana la doctora que me había llevado en moto el día anterior al lugar en el que cayó la bomba. Añadió que no sabían exactamente la causa, que sus heridas no eran tan graves, en apariencia, aunque sin el tiempo adecuado de dedicación ni las pruebas necesarias que podrían haberle hecho en una situación diferente, era difícil saberlo. ¿Se dejó morir?, pregunté. Ella me puso la mano en el hombro, como dándome el pésame, y se marchó a atender a otros supervivientes de la guerra que la necesitaban más que yo.

A la niña la enterré esa misma tarde. Al contrario de lo que creía, sí fui yo el que la sacó en brazos del hospital. La llevé caminando, bajo una tenue luz azulada fruto de un cielo cubierto de nubes que amenazaban tormenta, hasta el cementerio más cercano, ubicado en lo más alto de una colina, testigo dramático del Sarajevo devastado por la guerra. Recorrí las callejuelas húmedas y estrechas entre las tumbas hasta que encontré un agujero adecuado que alguien había hecho y abandonado, y allí deposité su cuerpo inerte. Lo cubrí con tierra y sobre ella, con palos, construí su nombre en mayúsculas, a modo de homenaje y de recuerdo.

Hoy me encuentro, como cada noviembre, frente a su tumba. Ha cambiado en estos veintidós años. Acabada la guerra conseguí una lápida en la que grabé su nombre y el año de su nacimiento, el mismo que el de su muerte, un 1993 al que ahora tapa una mancha de agua sucia. Vuelvo aquí presa del remordimiento, en una tradición casi culpable, buscando su consuelo y evitando ser uno más de quienes la abandonaron. Sacudo la losa con un pañuelo y retiro la maleza que ha crecido alrededor. Deposito un ramo de amapolas rojas sobre la piedra cuando un trueno rasga la ciudad de punta a cabo y una ligera llovizna comienza a caer sobre nosotros en medio del cementerio vacío, arriba de una colina, sobre un Sarajevo que, como yo, trata de olvidar las heridas, los lazos que, a pesar de todo, aún siguen unidos por finas hebras y por los recuerdos segados por una guerra necia e insensata.

 

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